El kintsukuroi (en japonés: reparación de oro) es una técnica cerámica milenaria de origen japonés, que se utiliza para arreglar fracturas de la cerámica, usando barniz de resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro, plata o platino, de tal modo que una vez reparado el objeto, deja visibles y remarca las huellas de las fracturas –en oro-, haciendo de los objetos, ejemplares únicos. El Kintsukuroi forma parte de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones no sólo forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse, sino que hacen valioso al objeto que las tiene. Las fracturas ponen de manifiesto la experiencia del objeto, su transformación e historia.
La obra de Mura, estructurada, clara, fuerte a la vez que sensible, mira de frente. Muestra las huellas del dolor, pero también las de la valentía. La valentía de un cuerpo que mostrando las cicatrices, muestra a la par que la herida inflingida, la curación y la transformación. Ningún cuerpo resta igual tras la batalla, ningún ser camina igual tras la fractura. El cuerpo se transforma, el andar también. Y el pensamiento, y la relación con los otros. Frente a la víctima, Mura habla de la superviviente, frente a la fragilidad, Mura habla de la valentía, la fuerza y la resiliencia que supone vivir. Habla de los seres sabios y bellos que saben del dolor y la herida. De la genealogía de la supervivencia, de la sabiduría del naufragio. Seres que muestran sus heridas porque conocen, como las sibilas, el avenir.
De algún modo la estética de Mura es antigoniana. Antígona se rebela frente a Creonte, que encarna la Ley del padre, que separa y jerarquiza, poniendo su vida en juego por la propia ley, la ley de la madre, la ley de la carne. Entierra a los muertos, sus muertos, frente a la ley que lo impide, “la morte vuole una legge uguale per tutti”. Y en ese acto, Antígona encuentra belleza: la ética como estética “E poi, sarà bello anche il morire”. En la obra de Mura, la belleza es sinónimo de integridad moral y nos mira a los ojos.
Todas las obras de Mura nos interpelan. En su mirada invita a cientos de miradas femeninas que interpelan a quien se atreve a mirarlas. No estamos acostumbrados a la mirada de frente de las mujeres. La historia del arte nos ha habituado a la mirada oblicua, de sumisión de las ojos femeninos, representaciones realizadas para acatar la ley del padre, frente a las miradas de poder de las representaciones de los cuerpos masculinos. La mirada femenina desafiante ha estado ligada a las figuras que hay que temer: Lilith, Salomé,… mujeres que no siguen el cánon, que no se adaptan, que reaccionan y se reconocen. Mura nos mira, con las mujeres de su genealogía familiar, con las mujeres que invita a intervenir en sus obras, para re-inaugurar una mirada consciente sobre la realidad y ante los otros, que sale al espacio público y lo desafía. Su mirada, como espejo ante la ruindad social, juzga. Como Antígona, como Medusa, como la Esfinge.
Las grietas del dolor están presentes. Antígona fue enterrada viva, como ejemplo para las siguientes generaciones de mujeres. Mura ha rescatado a Antígona. Dulcemente, ha limpiado su cuerpo, reparado sus heridas, que brillan ahora, como estelas del kintsukuroi, para ofrecemos una señal en el camino.