Monica Mura se nutre de las interacciones con lo social desde un análisis centrado en las tradiciones, la cultura y los cauces que construyen la historia. Con un profundo compromiso de género que permea las identidades y amplía su discurso desde lo íntimo a lo común, si algo sobresale en su trabajo es esa condición curiosa, que cuestiona y se sorprende de su contexto próximo. Sus lenguajes circundan lo performático, traducen e interrogan los cuerpos, se vinculan al video y la fotografía como una realidad expandida que documenta y sensibiliza a quien mira. Ausculta lo sonoro, lo intenso y lo inadvertido, y conforma espacios de encuentro donde la instalación se asocia a la memoria y la estructura de cada lugar. En muchos casos, sus obras se articulan en torno a lo experiencial como si el intercambio entre vivencias, las suyas y las del resto, dieran la clave del poder de la empatía. Por eso, observarlas simula ser a menudo el preludio de una percepción crítica del entorno, especialmente cuando afecta a la cuestión identitaria. Habla de un mundo que celebra y contradice al mismo tiempo, reflejando sus incoherencias desde el activismo pero también revelando los afectos. Lo que sucede con sus imágenes se trenza al pulso de la vida a modo de pequeños actos indisciplinados con los que deslocalizar lo cotidiano para encontrar sus fisuras. Para actuar como esa grieta que quiebra el ritmo de lo establecido y lo torna diverso.
En el plano visual, su trabajo ha experimentado una evolución hacia la sintetización de la forma, en la que se mantiene el simbolismo de una escala cromática contenida entre el negro, el rojo y el dorado. Abandona paulatinamente la figuración en busca del lenguaje de la materia, comprendiendo la importancia de los propios elementos que conforman sus obras como potenciales narradoras de historias. Son historias que surgen generalmente desde lo emocional y comienzan en lo autobiográfico, tienen que ver con la infancia, los encuentros sensoriales, afectivos e interpersonales para los cuales procura fórmulas de interrelación en las que el material o las decisiones de formalización de la pieza intervienen en su propia lectura. Algo así sucede en Ser son, proyecto expositivo y de performance realizado específicamente para la Sala Alterarte en el que evidencia la transcendencia cultural de las máscaras de carnaval de la provincia de Ourense a través de la composición de un paisaje sonoro resignificado en el lenguaje contemporáneo. Contando con la complicidad de varios grupos de máscaras de la zona, la instalación se propone en forma de diálogo: un diálogo con la tradición, con Galicia, pero también con otras comunidades del mundo y, en concreto, con su lugar de origen, Cerdeña, en cuyo carnaval también son características la danza y las marchas de hombres ataviados con trajes, máscaras y campanas. Así, Ser son recoge el testigo de una pieza anterior, Sonallas, en la que Monica Mura maneja un cinturón de cuerdas suspendidas con once cencerros de hierro originales de la isla italiana para activar con su cuerpo la melodía de ese lugar que es su casa y sus raíces. Estableciendo un vínculo sensible y cultural, en esta ocasión traslada su pro- puesta al caso gallego al relacionar los diferentes personajes del entroido de la provincia de Ourense a través del leitmotiv del uso de las campanas en los trajes tradicionales. Campanillas, cascabeles, cencerros, chocallas, chocallos, axóuxeres, chocas, chocos, esquilas… son algunos de los elementos que componen la instalación, otorgando a cada máscara una cuerda dorada. En diálogo directo con cada una de las asociaciones o prestadores, Monica Mura ha realizado una interesante investigación de campo con la que recopilar datos sobre los materiales, tamaños, lugar de fabricación, tipos de campanas empleadas y personas que visten dichas máscaras. Algunas de las conclusiones obtenidas han sido la paulatina pérdida de fabricación artesanal-local de las campanas, así como la conversión hacia prácticas más igualitarias que comenzaron a tomar forma al retomar su actividad tras el fin de la dictadura.
A diferencia de lo que sucede en Cerdeña, la práctica totalidad de máscaras que emplean campanas en el carnaval ourensano son actualmente vestidas tanto por hombres como por mujeres. Mientras los más veteranos han comenzado a incorporar esta modalidad en las últimas décadas, las agrupaciones con menor trayectoria nacen directamente como grupos mixtos. Resulta, además, interesante conocer el trasfondo etnográfico de una práctica que comprende diferentes enfoques sociales. A través conversaciones con representantes de cada agrupación, la artista ha podido conocer las historias, individuales y colectivas, que activan año a año la autenticidad del entroido y que se van fundiendo entre generaciones, descubriendo cuestiones como la relación entre el tipo de máscara vestida y el poder adquisitivo de quien la porta, escuchando testimonios que enlazan con lo religioso o con las suspicacias sociales y que atesoran una memoria en continua evolución.
Eliminando el impacto visual de las máscaras para centrarse en su registro sonoro, Monica Mura traslada al espacio expositivo la musicalidad identitaria de cada lugar. Habilita así una obra donde la evocación del exterior y del ambiente festivo se adivinan en la menuda intimidad de la sala, reforzadas por la sutil gradación de dorados que conforman las cuerdas con sus correspondientes campanas. El color dorado sitúa el corpus creativo de la artista en una tradición conectada al arte sacro, a la idea de deidad, la evocación del oro como sistema de poder y transcedencia que, en su caso, es rescatado desde un nuevo concepto: el de la resiliencia. Ambas asociaciones se asumen con naturalidad con la intención de transitar desde un discurso vinculado a los sistemas de poder dominantes, habitualmente relacionados con la institución eclesiástica, hasta la urgencia de devolver el poder a las personas; a las minorías, a los lazos que surgen de la comunidad. Esta particular revisitación de los códigos clásicos del arte logra accionar la disolución de las jerarquías, produciendo una disociación en la lectura tradicional que se resuelve desde la sublevación plástica. Simbólica, sintética; mínima pero contundente.
En todas sus propuestas, Monica Mura ofrece una suerte de resistencia: al pensamiento dominante, a lo normativo, al olvido. El olvido desencadenaría en la reestructuración de los relatos sociales. En ese caso, cabría preguntarse a quién corresponde la invención de nuevas tradiciones y desde qué perspectiva se elaboraría su construcción. En este sentido, Ser son se inicia a modo de investigación del entroido ourensano de la cual se deducen, como hemos visto, ciertas conductas y evoluciones. En Ourense, actualmente encontramos 18 máscaras en activo que porten en sus trajes algún tipo de campana y continúan siendo varias las generaciones que se preocupan por su preservación. La artista explora estos planteamientos como el origen de su obra, con el objetivo de conocer el con- texto del relato que está a punto de construir. Lo hace para custodiar la memoria, pero también para interrogarla sin deshacerse de su capacidad de juicio. A partir de ahí, se fija en el cuerpo, en todos los cuerpos, como impulsores del folclore y emplea el suyo como vehículo para aglutinar sus voces. Cuando activa los elementos que componen la pieza y comienzan a sonar los cencerros,chocallas, esquilas, chocos… se produce una especie de exorcismo en nuestra percepción, un acto performativo plagado de sufrimiento y deleite. Se advierte la carga de tantos pesos y cuerdas soportados por un único cuerpo, la presencia física de esos objetos que insisten en revelar su transcendencia mientras son abstraídos hacia la levedad de la danza. Su desarrollo visual propone una composición central que encarna la metáfora de la tela de araña: irradia hacia los extremos el conjunto de elementos, hilos que modifican y simulan frecuencias, para ceder al centro el desarrollo de la acción y señalar de nuevo al cuerpo como hacedor y detonante. Si cerramos los ojos, seguimos percibiendo las tensiones, los ritmos y las pausas, las vibraciones de un ritual en el que ensayo e improvisación abrazan sus diferencias. El sonido del entroido, siendo ahora otro al activarlo desde el prisma de la creación contemporánea, mantiene la sospecha de su esencia.